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Autor: Diario Acuícola , 2 de diciembre de 2020

Carlos Wurmann: "La inversión en Chile de parte de la industria en temas de I+D es totalmente insuficiente"

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El experto en acuicultura de Chile y Latinoamérica conversó con Diario Acuícola acerca de la situación del sector en el continente, como también de los desafíos que hoy tiene la salmonicultura chilena, entre ellos el nuevo escenario que abrirán los cultivos en tierra y offshore.

Carlos Wurmann es tal vez una de las personas que mejor conoce el pasado y presente de la acuicultura en Chile y Latinoamérica. Y por qué no, también el futuro de la actividad.

Y es que su currículum así lo avala: no necesariamente la capacidad de predecir el devenir del sector, pero sí el profundo conocimiento que maneja en el cultivo de especies hidrobiológicas a lo largo de todo el continente. 

Ingeniero civil industrial de la Universidad de Chile, inició su carrera en el sector pesquero a fines de los años 70 en el departamento de Economía del Instituto de Fomento Pesquero. Pero fue a comienzos de los años 80, con la elaboración de informes para la Subsecretaría de Pesca acerca del potencial de una industria salmonera —cuando imaginar una industria salmonera que algún día alcanzaría el millón de toneladas anuales era una locura—, que dio el salto definitivo a la acuicultura.

Estuvo una década como gerente de Recursos Marinos de Fundación Chile (fue fundador y primer director de la revista Aquanoticias Internacional, hoy Aqua), y después inició una nueva faceta como consultor acuícola, labor que en estos últimos 25 años le ha permitido asesorar a una innumerable lista de empresas, instituciones y gobiernos de todo el continente en materias de acuicultura, como también integrar numerosos proyectos de diversificación acuícola (por ejemplo, actualmente es parte del proyecto Corfo-Acuinor para desarrollar el cultivo de Seriola lalandi —especie conocida como dorado o palometa, en la Región de Atacama).

Y una de esas instituciones a las que dispuesto sus habilidades y conocimientos ha sido las Naciones Unidas. Particularmente, desde 2010 ha elaborado los últimos tres informes de la FAO sobre el estado de la acuicultura en América Latina y el Caribe. Este año, junto con la Dra. Doris Soto y el investigador Ricardo Norambuena, realizó la versión 2020 del estudio, cuyas principales conclusiones presentaron a fines de octubre en un panel organizado por la FAO, y nuevamente hace unas semanas en un seminario organizado por el Centro INCAR de la Universidad de Concepción.

Trabajo que, pudieron realizar este año —solo les falta entregar el texto final— pese a la pandemia de covid-19. “No ha sido más complejo (con la pandemia) porque las fuentes de información generalmente son las mismas, gente conocida en distintos países, y contando con la buena voluntad de gente de distintos países no hay ningún problema en realizar este trabajo”, dice Wurmann en conversación telefónica con Diario Acuícola.

En esta oportunidad, el consultor se refirió a la situación de la acuicultura en el continente, pero también de los desafíos dentro de Chile, particularmente de la salmonicultura. La entrevista que se reproduce a continuación es una versión condensada y editada para una mayor claridad.

—En sus presentaciones del informe sobre el estado de la acuicultura en el continente, usted fue bien crítico de la situación. ¿Sería correcto decir que está preocupado del estado de la acuicultura en el continente?

—No, no es correcto. Lo que pasa es que cuando uno hace una revisión, tiene que ser lo más objetivo posible y mirar todos los aspectos. La acuicultura en América Latina está creciendo a tasas interesantes, de más del 5 % al año, pero con distintos niveles en distintos países, y obviamente cuando uno mira al futuro, lo que trata de determinar es dónde hay brechas, dónde hay asuntos por resolver. Entonces se pone especial énfasis en aquellas cosas que requieren atención. De hecho, las estimaciones presentadas indican que para el año 2030, de los 3,1 millones de toneladas que tenemos hoy día, vamos a llegar por lo menos a 4,5 o 4,6 millones de toneladas, si siguen las tendencias actuales. Esto da una indicación de que hay un pronóstico favorable. Esa cifra se podría superar con mucha facilidad si mejoraran ciertas condiciones. Justamente el acento de nuestro trabajo está puesto en aquellas condicionantes que podrían atenderse y a las brechas que podrían cerrarse.

—¿Cuál es la brecha más importante que tiene la región, en su conjunto?

—Es muy difícil hablar del conjunto, porque las asimetrías entre el Caribe, Centro América y Sudamérica son muy amplias. De hecho, existe una alta concentración de la producción acuícola en muy pocos países, y muy pocas especies.

—¿Esta situación se puede calificar como un problema?

—No, no la califico como un problema, es sólo una realidad. Si se revisa el resto del mundo, también la producción está concentrada en pocos países y pocas especies. China tiene más del 50 % de la producción acuícola mundial y no es un problema, es una realidad. En Argentina, por ejemplo, prácticamente no hay acuicultura. Hay un poco de actividad con la trucha, otro tanto con el pacú (Piaractus mesopotamicus), y hoy día también comienzan a hacer un poco de tilapia y otras pocas cosas, pero es un país donde no hay interés manifiesto por hacer acuicultura, porque tienen una pesca muy desarrollada y muy valiosa, y un sector ganadero enorme, de clase mundial. Entonces su interés por la acuicultura hasta la fecha ha sido moderado. Si se ve Brasil, ese es un país que tiene ocho mil kilómetros de costa y prácticamente carece de acuicultura marina más allá de unas 20 000 toneladas de mejillón. ¿Cómo se explica que Brasil no realice más cultivos marinos, más aún cuando su pesca silvestre costera está en disminución? A la vez, Perú es un país que pesca millones de toneladas de anchoveta, pero su pesca también decrece sostenidamente, con lo que actualmente está impulsando con energía la acuicultura, pero allí todavía no se define con claridad su verdadera vocación productiva.

—¿Nuestros vecinos pueden llegar a tener una industria acuícola como la nuestra?

—Efectivamente Argentina no se ha explorado lo suficientemente bien como para saber si tiene un potencial como el nuestro, pero yo diría que en principio no. A pesar de esto, pensando en nuevas tecnologías de recirculación y acuicultura oceánica, Argentina perfectamente el día de mañana podría producir miles de toneladas, si tuvieran un programa y si les interesara realmente el tema. Lo mismo sucede con Brasil, aunque este último país tiene el incentivo adicional de ser el mayor importador de productos pesqueros de América Latina.

 

"Yo no creo que vayamos a ser por muchos años más los líderes de la acuicultura en el continente en términos de volumen, porque Brasil, naturalmente, debería sobrepasarnos en algún momento de la próxima década".

 

—¿Y a Chile le conviene sus vecinos desarrollen sus propias industrias?

—Yo creo que sí. El mercado mundial de la acuicultura va a seguir creciendo, aunque a tasas menores que las que hemos visto hasta esta fecha, pero va a seguir desarrollando sus cultivos de manera dinámica, por lo menos en los próximos diez o veinte años, de manera que hay espacio para mucha producción adicional a la que hay hoy en día. Por ejemplo, China, que es el principal productor, importador y exportador de productos pesqueros en el mundo, se va a convertir al final de la década de 2030 en un importador neto de productos pesqueros, y eso abre unas expectativas enormes, muy interesantes. El consumo per cápita mundial sigue aumentando, ha aumentado en los últimos 30 o 40 años y va a seguir creciendo. Estamos hablando de productos sanos y cada vez mejor reconocidos culturalmente como alimentos que son buenos para la salud. De manera que todos los dados están cargados para que la acuicultura pueda seguir desarrollándose desde el punto de vista de los mercados. Igualmente, es probable que en los próximos 20 años la acuicultura se va a desplazar en buena parte al océano abierto, y eso abre unas posibilidades enormes de aumentar la producción de la acuicultura. Así, en este escenario, donde existe mejoras tecnológicas, donde existe un mercado en crecimiento, donde hay un aumento de la deseabilidad de los productos pesqueros, creo que el crecimiento de nuestros vecinos no nos afecta en lo más mínimo. Al revés, podemos generar un polo para intercambiar información, para poder comercializar tecnología, equipos, maquinaria e intercambiar profesionales, que podrían ayudar a consolidar un polo de acuicultura sudamericano muy fuerte.

—¿Cómo está Chile hoy?, ¿y qué oportunidades de seguir liderando el desarrollo de la acuicultura en el continente?

—Yo no creo que vayamos a ser por muchos años más los líderes de la acuicultura en el continente en términos de volumen, porque Brasil, naturalmente, debería sobrepasarnos en algún momento de la próxima década. Esto va a depender de lo que haga Brasil como país, pero las posibilidades están y ahí hay ganas de progresar mucho más de lo que están haciendo en estos momentos. Yo creo que para el año 2030, el millón 400 mil toneladas que tenemos hoy en Chile deberían llegar a 1,8 o 2 millones de toneladas, de manera que vamos a seguir creciendo, a un ritmo más moderado que en el pasado. Desafortunadamente, todavía no estamos bien preparados para cultivar muchas más especies que no sean el chorito y salmónidos en general, aunque ya comienza a visualizarse la incorporación de otras especies a la parrilla productiva. Yo estoy trabajando con el proyecto de la Seriola en Caldera. Está empezando a surgir el congrio colorado y también la corvina. Algo más adelante seguramente se agregará el cultivo de erizo y de otras especies como el bacalao de profundidad, de manera que yo creo que el panorama para Chile se ve interesante, y el crecimiento debería ser atractivo.

—De todas estas especies, ¿cuál tiene mayor potencial comercial, de consolidarse?

El proyecto de la Seriola lo veo con mucho interés. Estoy seguro de que en esta década Chile va a llegar a producir unas diez mil toneladas de Seriola, de todas maneras. Yo creo que la corvina puede ser un poco más difícil de masificar, porque no tiene un mercado externo muy bien establecido, y va a haber que trabajar arduamente para conseguir esos mercados externos. Y pienso que el congrio también puede tener alternativas en el mercado local y en el mercado internacional. De manera que las tres especies tienen las posibilidades bastante abiertas para poder seguir progresando. Y por dar una imagen, a mí no me extrañaría que al final de la década estemos produciendo, tal vez, veinte o treinta mil toneladas de esas tres especies. Aunque esto no es seguro. Las probabilidades aumentan de día en día.

 

"Deberíamos tener autoridades dedicadas a pensar más en la acuicultura y en cómo desarrollarla en todo su potencial, para compensar las pérdidas que estamos teniendo en la pesca".

 

—Una de las cosas que usted profundizó en sus recientes presentaciones fue el tema de la gobernanza. Ud. plantea que existe una percepción de que se sigue viendo a la acuicultura como la hermana pobre de la pesca. ¿Se refiere a todos los países o en casos particulares?

—A todos los países. Si revisas la acuicultura en América Latina, en general ésta no tiene más 40 o 50 años, mientras que la actividad pesquera es más antigua. Y aquí, nuestras autoridades todavía no se han adaptado al hecho de que la acuicultura se ha incorporado con fuerza a nuestro quehacer económico. Prácticamente en todos los países las autoridades están más preocupadas de resolver el problema del sector de la pesca tradicional, básicamente porque casi universalmente la pesca artesanal viene en declinación desde hace mucho tiempo. Entonces la caída de la pesca silvestre ha requerido que los gobiernos se preocupen más de lo que pasa con los pescadores, pues ellos son bastante numerosos en todos estos países y ejercen mucha presión política sobre las autoridades. En consecuencia, te encuentras con un escenario de gobernanza dicotómico muy poco alentador para la acuicultura. Mientras los cultivos crecen y requieren una atención preferente de las autoridades, la preocupación real por este sector es débil y se concentra especialmente en la pesca tradicional. Claramente, deberíamos tener autoridades dedicadas a pensar más en la acuicultura y en cómo desarrollarla en todo su potencial, para compensar las pérdidas que estamos teniendo en la pesca, y para intentar reconvertir a los pescadores costeros posiblemente en acuicultores en el día de mañana. Pero eso no se da.

—¿Esta mirada la percibe también en Chile?

—Por supuesto. Si uno pudiera ver la agenda del subsecretario de Pesca, yo creo que uno tiene la posibilidad de encontrarse con que, por lejos, el tiempo de la Subsecretaría está dedicado a asuntos pesqueros, y sólo una fracción menor a asuntos de acuicultura. Pero el futuro de Chile está en la acuicultura.

—¿Qué opinión tiene del malogrado proyecto de traspasar al sector acuícola-pesquero al Ministerio de Agricultura?

—Nunca me gustó, porque le quitaba más visibilidad todavía, sin siquiera tener una subsecretaría de Acuicultura, que es lo que a mí me gustaría que existiera. Imagínense si se incorpora la Subsecretaría de Pesca dentro de un ministerio gigante como es el de Agricultura. Obviamente el sector pesquero perdería preeminencia y recibiría menos atención que la que recibe hoy día en el Ministerio de Economía. De manera que, si ahora la acuicultura es el hermano pobre de la pesca, en términos de gobernanza, la pesca podría haberse convertido en el hermano pobre de la agricultura, cosa que no nos convenía a nadie.

—¿Está a favor de un Ministerio del Mar?

—No estoy seguro de justificar la idea de un ministerio, porque un ministerio es una burocracia muy grande que hay que financiar, y desde ese punto de vista no estoy seguro de que una subsecretaría no pueda cumplir con las mismas funciones. Es un tema técnico que no he analizado en profundidad. Lo que sí tengo claro es que me gustaría ver una división más clara dentro del aparato oficial, con más gente dedicada a atender los problemas de los acuicultores que lo que hay en este momento. También me gustaría ver un mayor nivel de complicidad público-privada, para un desarrollo más harmónico del sector.

 

"En el segundo quinquenio de esta década, Atlantic Sapphire y otros proyectos en recirculación —y probablemente algunos proyectos de acuicultura oceánica— van a empezar a producir decenas de miles de toneladas de salmón en Estados Unidos, y nosotros vamos a tener problemas para ver dónde colocar nuestro salmón".

 

—¿Cómo ve hoy a la industria salmonera? ¿Cuáles son los principales desafíos o temas que debe resolver en lo inmediato?

—A mí me gusta y me ha gustado siempre la industria salmonera. Creo que es una industria de punta en nuestro país, que se ha preocupado bastante en mantenerse en buen pie tecnológico y de competitividad, aunque aún queda bastante trecho por recorrer para conseguir la deseada sostenibilidad productiva y un mayor nivel de aceptación social. Hoy día tenemos capitales extranjeros de empresas que trabajan en varios países, de manera que la tecnología que está funcionando en otros países también está fluyendo a Chile, con bastante rapidez. Sin embargo, hoy día hay varias restricciones para un futuro desarrollo, que son importantes. Por ejemplo, la industria salmonera se financia habitualmente con el sector bancario, y utiliza sus concesiones costeras como colaterales en sus préstamos. Así, a los productores actuales les cuesta pensar que el día de mañana la salmonicultura pudiera tener que abrirse a la acuicultura oceánica y a trabajar en espacios más abiertos del océano, porque eso podría hacer perder valor comercial a las concesiones que actualmente existen, afectando su capacidad de endeudamiento y su patrimonio. Entonces, si bien creo que la industria percibe el fuerte cambio tecnológico que está ocurriendo a nivel internacional, particularmente por la producción de post smolts en tierra firme, y el aumento de los cultivos offshore, no vemos en Chile de parte de la industria, una actitud realmente proactiva para ponerse al día en esas tecnologías, realizando las inversiones que serían requeridas para estos efectos,  salvo por loables esfuerzos que han hecho la Corfo y algunas empresas para avanzar en el tema de la acuicultura oceánica. Claramente, la inversión en Chile de parte de la industria en temas de I+D es totalmente insuficiente, con lo que percibo atrasos para avanzar con más energía en la producción de post smolts en recirculación. Y hay menos vocación aún para trabajar en acuicultura oceánica, que son las dos grandes tendencias que yo veo van a afectar la salmonicultura chilena en las próximas décadas.

—¿Esto sí le preocupa?

—Sí, me preocupa mucho, y esto lo puedo graficar con un simple ejemplo que he planteado muchas veces: hoy día el principal importador de salmón chileno es Estados Unidos, y Chile es el principal proveedor de salmón importado en ese país. Resulta que el día de mañana,  si el Estado de Alaska deja de proteger a sus pescadores como lo hace actualmente y se abre un poco más —y no solamente el gobierno de Alaska sino que el gobierno de Estados Unidos en general— a la idea de hacer acuicultura oceánica, más allá de las millas costeras que dependen de los estados, no me cabe la menor duda de que en 10 a 20 años Estados Unidos puede estar produciendo en sus propias costas todo lo que importa hoy de nosotros en salmón. Esto, antes de hablar de lo que ya está ocurriendo con la producción en tierra con sistemas RAS, como el proyecto Atlantic Sapphire de unos noruegos en Florida.

—Cultivo en tierra.

—Exactamente. Súmale a ese proyecto varios otros que hay en tierra y agrega la oportunidad de que se haga acuicultura en la zona oceánica de Estados Unidos. Entonces, nuestro desafío es cómo vamos a competir en el mercado norteamericano, y en otros destinos similares, cuando ellos logren producir mucho más salmón y otros peces en sus propias aguas y dentro de sus propios territorios.

—Estamos hablando en 20 años más.

—Estamos hablando de una situación que va a tener ese efecto masivo en 20 años más, pero que debería empezar a notarse en el curso de esta misma década. En el segundo quinquenio de esta década, Atlantic Sapphire y otros proyectos en recirculación —y probablemente algunos proyectos de acuicultura oceánica— van a empezar a producir decenas de miles de toneladas de salmón en Estados Unidos, y nosotros vamos a tener problemas para ver dónde colocar nuestro salmón. Entonces, hay visiones estratégicas importantes que no parecen estarse tomando en serio en Chile, porque lo que se percibe con mayor claridad es que la gente sigue preocupada del corto plazo, de mejorar hoy día las tecnologías, de mejorar la eficiencia y la sostenibilidad. Eso es verdad, hay una preocupación clarísima de la industria salmonera en eso, pero no hay acciones concordantes con los desafíos de mediano y largo plazo, ni hay una hermandad entre gobierno e industria para enfrentar los desafíos que se avecinan, que son gigantescos. Desde ese punto de vista, lo que ha hecho la Corfo para financiar dos proyectos que empiezan a explorar la acuicultura oceánica, yo lo encuentro notable. Chile es el único país en América Latina que está haciendo investigación cofinanciada por el estado en esta materia, y eso habla bien del gobierno de Chile, pero todavía se está trabajando a escalas poco significativas en relación a la magnitud del desafío. En este sentido, Panamá ya mantiene cultivos oceánicos de cobia en balsas sumergibles, aunque con tecnología de los Estados Unidos.

—¿Cómo puede Chile adaptarse a ese escenario donde va a tener más competidores, donde puede ser menos competitivo? ¿Cómo debería preparase Chile para enfrentar el escenario que usted ve en el futuro?

—No está escrito que Chile tiene que ser menos competitivo a futuro. Lo que tampoco está escrito es que Chile se tiene que quedar dormido en la situación actual. Es eso lo que estoy diciendo. Si Chile invirtiera 50 millones de dólares en los próximos años en generar las tecnologías para trabajar en mar abierto a gran escala, y se generan centros para producir diez mil, quince mil toneladas por sitio, nuestro país puede ser tan competitivo como cualquiera. No hay ninguna duda, si aquí tenemos la habilidad y conocemos las técnicas y tenemos gente preparada, y hay inventiva, fuerza empresarial y una creciente preocupación por cuestiones ambientales. Lo que no aparece es la voluntad ni los recursos económicos para trabajar desde ahora en estas materias, más allá de los esfuerzos ya descritos que está haciendo la Corfo con empresas locales. Desde ese punto de vista, es posible que el país pueda quedar rezagado y perdamos la oportunidad de mantener nuestro nivel de competitividad si no hay una reacción adecuada al desafío. Ahora, ¿cuál es la fórmula? Yo creo que la fórmula es una asociación público-privada donde el gobierno apoye los esfuerzos de desarrollo tecnológico y la industria invierta mucho más de lo que está invirtiendo hoy día en ponerse al día en las tecnologías, que son las tecnologías emergentes que van a dominar a finales de esta década y por cierto en la década que viene.

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